Con todas las dificultades que se plantean, en las zonas rurales resisten quienes mantienen el trabajo de la tierra y el cuidado de los animales como medios básicos de sustento. La cara menos visible históricamente, pero que lucha por abrirse paso cada día, es la de la mujer rural.

Nazaret, mujer rural de la provincia de Palencia, mira las setas cultivadas en su explotación. — CEDIDA

El espacio rural español está habitado por 7,6 millones de personas, alrededor del 16% de la población total del país, lo que supone una concentración masiva en las grandes urbes y una mayor despoblación en las zonas rurales, donde muchos de sus habitantes son trabajadores de la actividad agraria, de la tierra y los animales, en un escenario cuya sustancia fundamental es el duro trabajo.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en el cuarto trimestre de 2020, la población activa en la agricultura rondaba el 0,2% en lugares como Madrid o Barcelona, mientras que provincias como Almería, Badajoz o Murcia marcaban datos del 23,7%, 12,3% y 10,6%, respectivamente. Este hecho supone una evidente desigualdad entre las provincias urbanas y las rurales, provocando que las últimas sostengan todo el peso del sector primario en España; un sector que, históricamente, viene dominado por los hombres y que ahora, con la pandemia, acarrea nuevas complicaciones. Pero esta dinámica muestra indicios de cambio y cada día, con mayor frecuencia, salen a la luz quienes han vivido invisibilizadas durante tanto tiempo en las labores agrícolas: las mujeres.

Marina, de 37 años, es autónoma agrícola. Procedente de Valverde de Mérida, en Badajoz, cogió el relevo en la explotación de su padre hace siete años y hasta hace dos trabajó como joven agricultora. Lleva al frente de ello unos dos años como trabajadora por cuenta propia y habla con Público.

Marina: «Yo no tengo miedo de coger las herramientas para arreglar o preparar la maquinaria»

«Me levanto, hago mis tareas del hogar y, mientras tanto, mi padre va cuidando al caballo, que es su hobby desde que se jubiló; luego ya salimos al campo. Voy primero a echar productos y ya luego va él», cuenta sobre su rutina, en la que él le enseña cómo hacía las cosas antaño. La extremeña, que estudió Administración y Dirección de Empresas y ahora se dedica exclusivamente a la labor de la tierra, explica que en la actividad rural –desempeñada por trabajadores autónomos– el producto no pasa por tantas manos como en muchas otras profesiones, sino que quien la ejerce debe tener conocimientos suficientes en todas las áreas para que cualquier cosecha no se eche a perder. «Yo no tengo miedo de coger las herramientas para arreglar o preparar la maquinaria», confiesa.

Parecida es la tarea que desarrolla Nazaret, quien, cansada de trabajar en una oficina en Palencia, decidió comenzar su proyecto EntreSetas en Paredes de Nava, a escasos 25 kilómetros de la ciudad. También ella concuerda con Marina en la diversidad de labores que conlleva un trabajo como el suyo. «No es solo el trabajo que te lleva la plantación, recolección, (…) sino también la comercialización, la captación de clientes, el posicionamiento SEO. Es todo». Nazaret, de 38 años, inició un proyecto económica y medioambientalmente sostenible que no solo le lleva trabajo en el campo, sino que además supone una carga extra en redes y medios digitales tras haber decidido llevarlo a Internet.

Son las decisiones que llevan a una persona a dejarlo todo y empezar algo distinto, algo inusual en la época actual, con el campo alrededor y la imponente tierra marcando el horizonte. «Yo vivía en Cartagena. Me despidieron de mi trabajo después de 15 años y empecé a buscar alternativas. Con la pandemia, nos mudamos a una casa que tenemos a las afueras de Fuente Álamo, en Murcia», declara por teléfono Susana. Es otra de las mujeres rurales que, en los últimos años, ha decidido alejarse de la ciudad e intentar vivir de la naturaleza. Ella, en concreto, ha montado recientemente una granja de huevos ecológicos y ha decidido quedarse allí a vivir con su familia. Con 41 años de edad, y desde enero, es orgullosamente ganadera.

Fotografía de Marina observando los olivos, en Badajoz — CEDIDA

Estos son tres de los rostros más significativos del medio rural en los últimos tiempos, representados y visibilizados en una lucha eterna por la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur). Es la imagen de quien renuncia a la supuesta comodidad que se otorga popularmente a las grandes urbes y sus servicios, y su llegada a un trabajo cuyas condiciones están continuamente, y no sin razón, en tela de juicio. Según datos del INE de 2019, la población femenina ocupada en agricultura, ganadería, silvicultura y pesca suponía un 2%. Una cifra todavía modesta pero impensable años atrás, cuando el hombre era el único dueño y propietario de la tierra, amparado por la ley, y el trabajo de la mujer quedaba –todavía más– invisibilizado y relegado a un segundo plano. Eso sí, siempre estando ligadas también a los trabajos que socialmente se imponían, los del hogar.

El trabajo, dentro y fuera de casa

Susana, por la mañana, saca a las gallinas al campo y reparte los huevos, tarea que le lleva unas cuatro o cinco horas. Por la tarde los recoge, limpia los ponederos, los bebederos, el suelo; se lleva los huevos, los marca para el día siguiente… Cuando oscurece, sale y encierra a los animales para evitar que las corrientes de aire causen una mala jugada. Pasa todo el día dedicándose a sus gallinas, a su granja. Además, con todo esto, no solo está al frente de Ecohuevos La Cueva, sino que también se ocupa de parte de las tareas del hogar.

«Levanta a los niños, ten la ropa preparada, las comidas, las cenas, (…) Las cosas del hogar siempre son así», declara. Aunque confiesa a Público que tiene un cuadrante con sus hijos y su marido –que trabaja fuera de la granja– para repartirse las tareas. No es raro el día en el que tiene que volver a limpiar algo que el pequeño no ha dejado como los chorros. Es una realidad con la que conviven mujeres como ellas, trabajadoras por doble y a veces incluso más.

l campo no entiende de fiestas ni de vacaciones», afirma Marina

Para Nazaret, estar pendiente de la explotación de setas pasa por encima de cualquier cosa, sean vacaciones o no: «Si algún día paras, cuando no estás en la explotación, estás dándole vueltas». Ese pensamiento, ese lazo que liga a la productora con su trabajo en una relación eterna sin reposo y que provoca que ganaderas como Susana no se planteen tener vacaciones «de aquí a cuatro o cinco años».

¿Dónde queda entonces el derecho al descanso laboral? En un oficio que conlleva más de una simple jornada de ocho horas, donde se trabaja en todos los aspectos y fases de producción posibles, cuando los beneficios no permiten depender de nadie más, cuyo objetivo es ofrecer una producción óptima para el consumidor, para poner en la mesa del ciudadano los productos de alimentación más básicos. El trigo del pan, la uva del vino y la oliva del aceite.

Susana: «¿Que escucharé algún comentario machista? Estoy segurísima»

Comentarios que se ven obligadas a recibir a veces –por si fuera poco– en situaciones difíciles como la que atraviesa actualmente Marina. En su familia sufrieron todos la covid-19 el pasado mes de enero. Su padre estuvo 16 días hospitalizado por una neumonía bilateral causada por el virus, y el aislamiento de la familia le provocó pérdidas de al menos 4.000 euros. «En una palabra, la situación actual la definiría como poco viable. Así no se puede subsistir», sentencia. Situación que tampoco se ve favorecida por los precios del mercado, el coste de producción, el beneficio del intermediario y el precio final para el consumidor.

«Mucha culpa es de los intermediarios. Además, tú vas a comprarlo [el producto] y te están cobrando dos veces por encima de lo que a ti te dan cuando lo vendes». La extremeña se lamenta por los ínfimos ingresos que se pueden recibir en muchas ocasiones, tras haber afrontado los altos costes de la siembra, el abono o los productos antiplagas. Poco beneficio en mano del productor y mucho en las que conducen el producto hasta la nevera.

Y es que ese sentimiento de temor por la inestabilidad económica también lo comparte la murciana al pensar en su granja: «Tengo un miedo de que, si me aíslan, no pueda hacer nada con la producción. Porque si yo cojo la covid, las gallinas van a seguir poniendo huevos. Puede ser una ruina porque no sé cómo actuaría para repartirlos o si podría repartirlos acaso. Porque si estoy aislada no sé si me dejarían sacar algo de la granja», explica.

Imagen de la explotación de huevos ecológicos de Susana, en Murcia. — CEDIDAImagen de la explotación de huevos ecológicos de Susana, en Murcia. — CEDIDA

Pasado y futuro de la mujer rural

Al reflexionar sobre el papel de la mujer rural, las tres están de acuerdo en un punto: la invisibilización histórica sufrida. «Las mujeres siempre han estado en el campo. A lo mejor no es que no estén trabajando, sino que en determinadas explotaciones no están dadas de alta. No concibo ningún campo en el que no hayan trabajado las mujeres», afirma Nazaret a Público.

Nazaret: «No concibo ningún campo en el que no hayan trabajado las mujeres»

Una idea que se entrelaza con las realidades de tantas mujeres que han labrado la tierra, segado el cereal, recogido la oliva y el azafrán. Pero también de las que ahora son protagonistas como ellas, las que luchan por el sector primario, por el alimento de cada día, suyo y de sus familias, y cultivan y cuidan con dedicación el del resto de la población. Mujeres que toman las riendas de las cooperativas, secaderos, asociaciones de ganaderos, incluso la titularidad compartida de la explotación, que antiguamente era impensable.

Esta es la idea de la mujer rural en una España que parece no verla aún o, al menos, no detenerse a reconocerla. Y mujeres como Marina creen que es una pena: «Es una pena porque del mundo rural es de donde sale todo. Para que la industria funcione, primero tiene que funcionar el mundo rural».


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